El cuadro

Camino hacia la salida de la escuela con el convencimiento definitivo
que cargo cada día al salir: no sirvo para esto. Cada día sucede.
    Reviso la horrorosa ortografía de Marisa y me prometo: mañana la
llamo aparte y le explico sus errores uno a uno. Ya los iremos
superando. Veo las cuentas de Federico-nueve por cinco sesenta-y juro:
mañana me lo traigo solito al pizarrón y le enseño quieras que no la
técnica operatoria. Cuando corrijo furiosamente pruebas que debieron
pedirnos la semana pasada, y por descuido del superior solo nos
pidieron hoy,-y para mañana sin falta-,resuelvo: mañana lo enfrento al
director y le haré oír unas cuantas verdades, vaya si lo haré.
   Terminado el trabajo, leo los boletines de “La educación del
pueblo”. Veo, por si alguna duda me quedaba, el pozo prehistórico en
que estamos metidos, y los esfuerzos de otros colegas por salir de él.
Me propongo: mañana hablo con la gente del sindicato para ver que
tengamos cursillos regulares. Veré a Lilián y a María y empezaremos el
proyecto de expresión que hemos venido postergando.

  Pero cada mañana llego a la escuela y todo es como siempre. En
quince minutos los niños agotaron mi reserva de paciencia. El proyecto
con María y Lilián me parece un murallón altísimo, y las sugerencias
de los boletines la cumbre del Aconcagua. En cuanto al director, le
doy los buenos días, firmo el registro de asistencia, y trato de
perderlo de vista. Trabajo hasta las doce y me marcho pensando lo de
todos los días: hoy no fue.

   Vuelta a casa, Martín sale a recibirme a la esquina con su
torrente habitual que escucho con un solo oído mientras me voy
desabotonando la túnica.
La profesora de física le puso apenas cinco en el trabajo que le llevó
tres horas preparar. El instructor de gimnasia lo retiró del plantel
de atletismo y necesita dinero para salir de excursión con los
Muchachos Exploradores.
   Al llegar a casa con la túnica en el brazo, Martina vierte en mi
otro oído su propio torrente: Martín le tiró de las trenzas solo
porque ella le rompió-pero sin querer, mamá- la tarea de inglés. El
cuarto está como si hubiera pasado por él un terremoto, pero es que
vino de visita su amiguita Leticia y se empeñó en jugar a las mamás y
entonces bañaron la muñeca en la olla grande a falta de bañera de
juguete-siempre te estoy diciendo que quiero una bañera de juguete-y
la pila de toallas está en el suelo porque al sacar una se cayeron
todas las demás- y mirá el agujero de mi champión –no puedo ir a la
escuela con esto, necesito-otro-par.
     Suelto la túnica y el portafolio, pero ni bien digo media
palabra sobre la ropa tirada, los dos en dúo me hacen notar que mi
túnica y mi portafolios tampoco están en su lugar.
   Caliento el almuerzo antes de que llegue Marco. Entonces
almorzamos. Marco reniega de su jefe y de cómo va a poner de encargado
de sección a ese incompetente de Silva si hay otros-él por ejemplo-
mucho más capacitados.


   Entonces es que me pongo a mirar el cuadro.
El cuadro es una de las pocas cosas que me traje de mi casa al
casarme. Está colgado sobre mi cama. Tiene un paisaje de árboles
verdes, con un caminito y una portera blanca. El camino dobla hasta
verse, muy al fondo, una pequeña casa de campo con una buhardilla y un
molino de agua.
   Miro el cuadro mientras los niños pelean, la mesa está para
levantar y la devastación del cuarto de Martina asoma por la puerta
entornada.
-Cada día estás peor-, decía Marco.
Al principio lo decía en broma, y me ayudaba a sosegar a los niños,
lavar la loza y ordenar los destrozos antes de volver al trabajo. Poco
a poco fue cambiando el tono y aún las palabras. Yo miraba el cuadro.
-Cada día estás más estúpida-, dice ahora Marco, desde hace un tiempo.
Y se va dando un portazo, sin ayudarme. Los niños han oído a su padre
y primero en broma, después abierta y acremente, repiten: mamá está
cada día más estúpida.

  Aquieto a los niños con el televisor mientras me repito por
centésima vez que no deberían mirar esos programas y que mañana mismo
las cosas cambiarán.
   Me siento a hacer mi tarea, me levanto a las cuatro, hago el mate.
Entonces pienso en arreglarme para esperar a Marco como cuando recién
nos casamos. Hojeo una revista de modas.  Chicas lindas de largas
cabelleras ondeadas se ven tan atractivas con sus vestidos a la última
moda; dueñas de casa sonrientes, de peinados impecables y delantalitos
bordados de vuelos sacan del horno flanes perfectos.

   Me miro en el espejo grande del cuarto. Llevo el cabello cortado
casi al rape, y me parezco tanto a mi hijo que de lejos a veces nos
confunden. Tengo treinta y tantos años que solo se ven de cerca, creo;
de lejos parezco un chico.
   Abro el ropero, paso revista a uno o dos vestidos de calle, al
traje sastre de la boda de mi hermana. Saco los zapatos de altos
tacones, impecables por falta de uso a pesar de los años. Revuelvo
distraídamente el contenido de mi cofrecito: una gruesa cadena de oro
que recibí de la familia como regalo de bodas, herencia de bisabuelas
que pasa de primogénita a primogénita; un anillo de engarce
complicado, también antiguo, demasiado pesado para mis dedos
delgadísimos y que siempre está enganchándose por todas partes;
bisutería, chismes diversos. Ojeo los cintos y accesorios colgados
inamoviblemente en el ropero, y termino-siempre- pasando la mano por
mi pelo corto de varón, apretando la camisa sobre los senos menudos y
eligiendo para ponerme un vaquero y una camiseta. Salgo del baño con
el pelo empapado, más parecida que nunca a mi hijo Martín.

   Esperaba siempre a Marco para tomar el mate, pero ya no. Ahora él
llega, los niños corren a recibirlo, se cuelgan de su cuello. Él les
trae lápices, hojas para dibujar, caramelos. Enciende el fuego, se
sienta a leer el diario o juega ajedrez con Martín, o hace cuentos.
Son cuentos divertidos, pícaros a veces, no sé de dónde los saca, creo
que los oye en el trabajo. A los niños les gustan. Los otros días
cuando les dio hojas y lápices para jugar, saqué del bolsillo un
pedazo de tiza y se lo dí también. Martina me miró y siguió dibujando.
Martín me dijo:
-¿Y qué querés que hagamos con esto? Aquí no hay pizarrón.
  Tenía razón. Entonces me fui a mirar el cuadro.

Ayer Martina estaba afiebrada. La acosté y le traje aspirinas y té,
que se negó en redondo a tomar. Le pregunté si quería oír un cuento y
me dijo que sí, así que me senté a la orilla de la cama y empecé:
-Había una vez un emperador, en la China, que vivía en un palacio de
porcelana azul...
-No seas ridícula, mamá. Nadie vive en un palacio de porcelana. Se rompe todo-
Martina es tan práctica...
-¿Y te imaginás cuando caiga granizo?-, interrumpió Martín
Días atrás había caído una granizada fuerte y los niños no lo olvidaban.
-En China no cae granizo-,improvisé yo.
-Y tampoco hay palacios de porcelana. La gente vive en edificios de
muchos pisos, como en Nueva York. Lo vi en un informativo-, me reventó
Martín.
  Por suerte llegó Marco. Conquistó a Martina para que se tomara el
té, y empezó a hacerle un cuento de las tortugas ninjas, o algo así.
  Yo me fui a mirar el cuadro.


Hoy sonó el despertador y nos levantamos como siempre. Me senté en
pijamas a mirar el cuadro.

Marco, furioso, hizo el café a los niños, me alcanzó la túnica y se
fue dando un portazo más fuerte que todos los anteriores.
  La niñera de los chicos llegó, la oí trajinar por la cocina y la
sala, y al fin me preguntó si podía arreglar el cuarto. La miré, me
corrí un poquito para que barriera y seguí mirando el cuadro.

Los niños preguntan si no voy a ir hoy a la escuela, ya es hora de la
entrada y estoy en pijamas.

Mirando el cuadro.

  No sé qué ni cómo almorzaron los niños. Creo que alguien –Mary,
Laura, no sé quién-llamó desde la escuela y preguntó por mí. Después
Julio, el secretario, que es un buen amigo mío. Algo de eso me dijo
Martín, y no sé qué de las sanciones por las faltas sin aviso. Pero no
puse mucha atención. Estaba mirando el cuadro.

No oí llegar a Marco. Creo que me habló, y tengo idea de que gritó
también. Me sobresalté cuando me tomó por los hombros y me sacudió.
Parecía muy alterado ¿Por qué será?
  Pero así que me soltó me reacomodé en la cama y seguí mirando el cuadro

Hay un revuelo desacostumbrado, me parece...Creo que oí a Marco
telefonear a mis padres, de larga distancia, pero no estoy segura. Los
niños no alborotan hoy, curioso...Martín llora. ¿Por qué será?

  La doctora Isabel-raro, no la oí llegar ni tenía la menor idea de
que vendría- está sentada a mi lado. Tiene una mano sobre mi brazo,
¿por qué hará eso? Me habla. Pero no puedo oír lo que dice.
   Estoy mirándola, sentada a la puerta de la casita del cuadro, al
final del camino


(Bella Unión,1990)